¿Es mi investigación ciencia? Reflexiones desde la filosofía
Saludos, una semana más!
Reconozco que al enfrentarme a las lecturas del Tema 1 (del curso al que nace vinculado este blog),lo primero que pensé fue: ¿y esto va conmigo? ¿Qué es una investigación científica realmente?
La palabra «ciencia» suena rotunda, casi intimidante, y cuesta aplicársela a uno mismo cuando trabaja desde la filosofía, así como,diría, de cualquier otra área. Es, precisamente, una de las primeras preguntas que nos lanza este curso, y no es casual que resulte tan incómoda para quienes venimos de las humanidades, como es mi caso.
Sin embargo, hay algo profundamente irónico en esa incomodidad. La filosofía y la ciencia, como sabréis, no siempre fueron disciplinas separadas. Durante siglos, lo que hoy llamamos «ciencia natural» era simplemente «filosofía natural»: Aristóteles observaba animales y clasificaba seres vivos con la misma actitud con que reflexionaba sobre la justicia o el movimiento. La separación es moderna, y en gran medida, artificial. Que hoy tengamos que preguntarnos si la filosofía ‘cuenta’ como ciencia dice tanto del concepto de ciencia como de la filosofía misma.
El propio concepto de ciencia es problemático. No existe una definición cerrada y universalmente aceptada, algo que las lecturas del tema dejan entrever con honestidad. Lo que sí parece compartido es que la ciencia nace de una actitud: la curiosidad y el asombro ante lo que no se entiende. Aristóteles lo formuló hace veinticuatro siglos: «los hombres comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo». Pero también lo recoge, en clave contemporánea, Hannah Arendt cuando señala que el pensamiento genuino comienza siempre en la perplejidad, en esa interrupción del automatismo cotidiano que nos obliga a detenernos y preguntar. Esa misma perplejidad es la que mueve cualquier investigación digna de ese nombre, sea en un laboratorio, en una biblioteca o en la misma mente.
Lo que más me ha resonado de las lecturas es justamente esto: la propuesta de definir la ciencia por sus actitudes más que por sus métodos. Rigor, honestidad intelectual, apertura a la crítica, disposición a cambiar de postura ante mejores razones. Con esa vara de medir, hacer buena filosofía y hacer buena ciencia se parecen bastante.
También me ha resultado cercana la aproximación de Ruy Pérez Montfort, que describe la actividad científica como una práctica: partir de un problema, rastrear lo que ya se sabe, y tratar de añadir algo nuevo. En ese sentido, mi investigación sobre la fatiga digital y las nuevas formas de biopolítica emocional sigue una lógica similar, que parte, no de fórmulas, pero sí de datos, encuestas, conceptos, argumentos, textos y trabajo de campo.
En definitiva, creo que la filosofía habita una zona limítrofe: comparte los valores de la ciencia sin ser una ciencia natural. Lejos de verlo como un problema, lo entiendo como una posición privilegiada desde la que pensar fenómenos como el que investigo, esos espacios difusos donde el poder, la emoción y la tecnología se entrecruzan sin que ninguna disciplina sola pueda abarcarlos del todo.
Comentarios
Publicar un comentario